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Balaguer

El día que cayó Balaguer

“Donde vais desgraciados, no veis que os van a matar? Venid con nosotros”. Presa del pánico, con una enorme cesta en una mano y cogiendo a su sobrino con la otra, el niño corre siguiendo los pasos de los altos y fuertes  soldados republicanos que cruzan el puente repleto de dinamita en sus cimientos.  Sorteando las hileras de explosivos, el pequeño pasa junto un soldado moribundo que vocifera gritos de socorro sin que nadie le ayude. Todos huyen despavoridos de la aviación del ejército Nacional  que empieza a dejar oír su runruneo. Hay prisa en volar el puente para que las tropas de Franco que acechan no lo puedan cruzar. Es la tarde del 6 de abril de 1938, la jornada que quedará para la historia como el día que cayó Balaguer.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde el levantamiento militar del 18 de julio de 1936, la línea del frente de Aragón – del margen izquierdo del río Ebro hasta la frontera con Francia – había permanecido inalterable hasta el mes de marzo de 1938 cuando el ejército de Franco inició la gran ofensiva a esta zona para asestar el golpe definitivo a la Guerra Civil. Bajo el mando del General Moscardó, famoso por su defensa del Alcázar de Toledo, el avance de las tropas nacionales fue fulgurante y en menos de veinte días entraban en Cataluña por el pueblo de Massalcoreig. El avance de las tropas nacionales fue fulgurante y en menos de veinte días entraban en Cataluña por el pueblo de Massalcoreig. Zumbaban los aviones de la Legión Cóndor que bombardearon la ciudad de Lleida mientras centenares de soldados republicanos abatidos y sin armas empezaban una retirada que fue creciendo día tras día ante la imposibilidad de luchar contra el bien armado ejército Nacional . La otrora tranquila ciudad de Balaguer se llenó de fugitivos del frente de Aragón mientras sus habitantes salían de sus casas para ir a vivir a los campos cercanos, dónde, como afirma el historiador local Josep Pla Blanch, “se creía que se estaba más a salvo de los bombardeos”.

El trajín diario de soldados y  camiones que cruzaban constantemente el puente con  material de guerra y bidones de gasolina obligó a los mandos republicanos a poner guardias que impidiesen el paso a los guerreros desertores, muchos ya en aquel entonces. A las once de la mañana del dos de abril, un grupo de aviones dejó caer varias bombas produciendo daños de consideración. “La gente huía de la ciudad dejándolo todo”. Los pocos habitantes que quedaban en ella se vieron obligados a refugiarse en los sótanos – con el evidente riesgo que eso representaba en caso de derrumbe del edificio – y esperar el devenir de los acontecimientos.

 

 

 

 

 

 

Éxodo ciudadano

 A raíz de los últimos ataques aéreos, muchas familias, intuyendo que se avecinaban jornadas difíciles dada la cercanía de sus hogares con el puente convertido ya en objetivo militar y los trabajos de colocación de dinamita por parte de republicanos, decidieron marchar de sus casa y trasladarse a pueblos cercanos como Gerb o Vilanova de la Sal. Otros se quedaron, pero todos se exponían al mismo peligro: El bombardeo de los Nacionales, que llegó pocas horas después a cargo de los aviones He-111 de la Legión Cóndor, que ametrallaron la ciudad dejando decenas de casas en ruinas. La huida de los ciudadanos entonces era ya imposible habida cuenta del avance de las tropas franquistas y los batallones de choque marroquíes, que sitiaban Balaguer y amenazaban con su ferocidad y desmanes. El choque entre los dos ejércitos parecía ya inevitable, aunque no hubo tal. La ciudad, sometida  a la incertidumbre de los acontecimientos, vio como las tropas republicanas la dejaban a su suerte ante la llegada inminente de las tropas franquistas no sin antes cortar las vías de avance, los puentes. A las seis de la madrugada del seis de abril de 1938, tres fuertes explosiones derrumbaron el puente de hierro del ferrocarril. Faltaba el otro, el de Sant Miquel. Los soldados obligaron a muchos habitantes de la ciudad a marchar con ellos. Al grito de “ ¡Fascistas!, ¿Os querías quedar?” empujaron a cruzar el puente a ciudadanos que sólo tenían la opción de obedecer si no querían quedar atrapados en medio de un mortal cruce de balas. Con celeridad se activaron las cargas de explosivos y el mítico puente de la ciudad pasó a la historia en cuestión de segundos.

Los nacionales no podían pasar ya, como tampoco muchos soldados republicanos, casi tres mil,  que se vieron atrapados y sentenciados debido a la imposibilidad de pasar por el puente destruido y que les obligaba a batirse con las tropas franquistas en un duelo perdido de antemano. Se oían gritos desde la otra esquina: “Nos han copado!”.  El desespero de los jóvenes republicanos fue tanto, que muchos saltaron la baranda y el muro del río para cruzar-lo a nado. Perecieron en el intento  bajo las intensas  ráfagas de los aviones nacionales que los metrallaron intensamente. Muchos soldados del Ejército Popular eran de “La quinta del biberón” jóvenes de dieciocho años inexpertos y obligados a entrar en batalla ante un enemigo con mucho más bagaje y preparación. Poco después,  el Estado Mayor del Cuerpo del Ejercito de Aragón dictó las ordenes de cruzar el río y establecer una cabeza de puente para proteger el extremo del puente que quedaba más cercano a la posición enemiga, que había rearmado sus tropas  para intentar recuperar el enclave estratégico que era la ciudad de Balaguer, ya bajo signo franquista. La autoridad militar nominó al señor Domingo Agustí Gibert como alcalde de la ciudad para que constituyese el primer ayuntamiento del nuevo régimen. Balaguer ya había sido tomada.

 “La explosión nos sobrevino justo cuando pusimos el pie en el otro lado”

Ton Camarasa de quince años y su sobrino Pepito Portella de cuatro,  fueron las dos últimas personas que cruzaron el puente de Sant Miquel momentos antes de la voladura. Los dos niños emprendieron junto a un pequeño grupo de soldados el camino contra una muerte segura después que ya toda su familia había cruzado el puente. Portella, de 77 años, tiene el recuerdo que complementa con lo que explicaba Ton, fallecido en 2006, de que “la explosión nos cogió justo en el momento que poníamos pie en el firme del otro lado”.  Asegura que “un fuerte viento caliente nos sobrevino por detrás, y nos derribó al suelo”.

Los dos niños reprendieron después de la explosión la marcha con sus padres y hermanos junto a varios soldados republicanos que se retiraban en desbandada. El tiempo los ha puesto como protagonistas de parte de la historia de la ciudad de Balaguer. Historia negra.

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