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Entrevistes

“La memoria colectiva es aún un espacio de guerra política”

El periodista y escritor Francesc Marc Álvaro presenta hoy en Balaguer su nuevo libro “Entre la mentida i l’oblit”, una reflexión sobre la identidad y la memoria colectiva. Honesto y sin ambages, Álvaro expone ejemplos del mundo de la política, el cine y la literatura en distintos escenarios del mundo y confecciona así un relato que rompe mitos e idealizaciones. Defensor de la creación de un relato del pasado que muestre la complejidad, rechaza el tacticismo político que utiliza la memoria con fines electorales. Per Àlvar Llobet

¿Cómo se explica que en la época de la máxima información vivamos indocumentados sobre muchos aspectos del pasado?

En nuestra sociedad tenemos una gran facilidad para acceder a mucha información, pero tenemos problemas para reconocer el conocimiento. Vivimos en una perenne confusión entre estos dos conceptos. El conocimiento es una forma de poder y la información es otra cosa.

¿Qué diferencia se encuentra entre memoria y historia?

La memoria es fruto de la experiencia y la emoción. Es una síntesis entre el recuerdo y el olvido, es personal, fragmentaria, traidora, parcial… en cambio la historia es un ejercicio crítico y distanciado. Los historiadores tienen que sacar a la luz las causas y las consecuencias del pasado, por eso pide una mirada fría y analítica con una base demostrable que sostenga lo que se dice. La regla de la historia es que se tiene que probar todo lo que se afirma.

En su libro cita a Joan Carles Mèlich cuando dice que la memoria no tiene sentido si no sabemos cómo utilizarla ni por qué. ¿España ha sido capaz de saberlo?

En este país la memoria ha sido sometida a mucho tacticismo. No hemos sabido utilizarla bien desde el punto de vista público. Hay que evitar que la memoria colectiva sea un territorio de batallas políticas y sociales. Es un espacio demasiado sensible como para convertirlo en arma arrojadiza que se utilice para fines electorales. Necesitamos un pacto cívico sobre éste tema en el que las cuestiones del día a día se quedasen al margen.

¿Cómo se tendría que hacer?

Estableciendo un acuerdo entre todos los partidos que evitase que cada vez que hay elecciones o debates de calaje nos tirásemos los muertos y las fosas por la cabeza. Esto no significa que las instituciones públicas no tengan que hacer una recuperación justa de las víctimas.

¿Cree que con los años se ha ido acentuando esta utilización del pasado?

Sí. A principios de los años noventa se empezó a abrir el tabú y los dos grandes partidos españoles, PP y PSOE, iniciaron una búsqueda en el pasado para tener munición electoral y también para legitimar el presente. Se acusaron mutuamente de episodios anteriores y hubo un revisionismo muy sesgado. La derecha rechazaba que Franco fuera un dictador o que el alzamiento fuese el motivo de la Guerra Civil y las izquierdas idealizaban la segunda República presentándola como un sistema perfecto y obviando los muchos crímenes que se produjeron en la retaguardia. El resultado de todo esto era el que yo llamo el cromo de las mentiras.

Esto impide saber toda la verdad

¡Sin ninguna duda! Mi libro es un alegato en contra de la idealización y la desfiguración y a favor de la comprensión del pasado y de su asimilación. Si tu entiendes el pasado llegas al final a una palabra: Complejidad. La memoria es compleja y comprenderla implica enfrontarte a ti mismo porque te encuentras con las luces y sombras de tus propias posturas. Esto no significa que hayan datos comprobados como que Franco era un dictador, que se levantó contra un gobierno legítimo salido de las urnas, que la segunda República no fue capaz de controlar los desmanes de la FAI o las situaciones de caos y anarquía… esto es la complejidad.

Se habla de muertos y de fosas pero no de culturas que han sufrido como la catalana. ¿Cree que el concepto de memoria es corto?

Se encuentran muchos tópicos. Las fosas tienen cadáveres pero también material cultural i sensible. Nadia habla de la cultura catalana y del intento de genocidio cultural que se emprendió contra ella. También fue una víctima. Cuando el juez Baltasar Garzón abrió la investigación sobre el franquismo, pasó por alto los ataques hacia Cataluña y su cultura.

¿El desconocimiento actual se explica desde una transición que resultó light?

No soy yo el típico que impugno lo que se hizo a finales de los años 70. Se hizo lo que se pudo. Lo que sí critico es el relato que se ha hecho de ella y que la hayan convertido en un mito. Hay que explicarla bien y reabrir los pactos que se produjeron. Tienen que ser los políticos en el parlamento español y no un juez el que hagan esta función.

¿Hemos hecho tarde en abrir la caja del pasado?

El tema del reconocimiento de las víctimas se tendría que haber hecho antes, aunque cambiar el relato siempre se puede hacer. Cuando se hacen memoriales públicos se plantean temas de forma muy esquemática y no responden a la complejidad. ¿Quién explica el drama de los republicanos moderados, las desafecciones que se dieron en el Franquismo, la oposición al régimen, el papel de la iglesia…? Todo se dibuja mediante la radicalización y poco se ha escrito sobre la complejidad. En este sentido el escritor Joan Sales es un ejemplo con su magna obra “Incerta gloria” donde se muestra la guerra desde diversos prismas. Es una inmejorable obra que abre la puerta a la comprensión de nuestro pasado más reciente.

¿Ha tenido la sensación durante años que la historia de España empezaba a finales de los años 70?

La transición quiso hacer tabula rasa con el pasado. Hizo un vestido a medida y que con los años se nos ha hecho pequeño. No obstante, esta voluntad de omitir el pasado no da resultado a la larga, porque todos venimos de algún sitio. Las cosas que pasan tienen una tradición continuada. Por ejemplo; los vicios de la derecha española actuales se explican, no por el Franquismo, sino por la falta de una auténtica revolución liberal. Si hablamos del pacto fiscal vemos que ya a finales del siglo XIX había reclamaciones similares a las de hoy y si nos fijamos en la monarquía y sus problemas, pues lo mismo.

¿Hemos cambiado la manera de ver las identidades catalana y española en las últimas décadas?

Lo que ha cambiado es el vocabulario. Cuando yo era pequeño, nos referíamos a la gente que hablaba en castellano como “els castellans”. Lo hacíamos sin ningún tono peyorativo y solo para describir. Ahora parece que se le da otro sentido. El español es aquel que acepta el status quo y el catalán es el personaje que quiere ir más allá y conseguir más cotas de soberanía. Las palabras se modifican a medida que evoluciona el tiempo.

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